AFORTUNADAMENTE y el efecto mariposa

Me pasa a menudo que cuando abro por primera vez un libro me entusiasmo al leerlo, al ver sus ilustraciones por primera vez, al imaginarme para qué lector fue pensado…y llegados a este punto un millar de dudas me inundan; ¿los niños entenderán la historia? ¿se reirán con su humor? ¿y las ilustraciones? Exactamente igual que cuando escucho por primera vez un disco, parece que mi oído está demasiado acostumbrado a oír siempre lo mismo y algo nuevo le chirría. 

Yo abrí Afortunadamente de Remy Charlip, editado en Lata de Sal, una tarde de lluvia en Gijón (sí, recuerdo las primeras veces que veo un libro que pasa a formar parte de mis favoritos, llámame friki). Lo abrí y me reí, disfruté su estructura loca y de las cosas insólitas, de las que salía muy bien parado Ned, su protagonista. Disfruté con sus ilustraciones y con la gama de colores que se extiende por todo el libro.

Imagen interior de Afortunadamente

Casi al mismo tiempo que lo estaba leyendo, en mi cabeza comenzaban a brotar ideas de talleres, diferentes lecturas, recomendaciones… pero, ¿a los niños y niñas les gustará tanto como a mí? Así que, rauda y veloz, junté todas esas ideas que asaltaban mi cabeza y aproveché mi suerte, pues a los pocos días realizaba un taller con mis científicos locos de entre 7 y 11 años en la biblioteca municipal del Ateneo de La Calzada, en el que Afortunadamente encajaba a la perfección.

Llegado el día yo llevaba en mi carrito un montón de “cosas” que encontré en casa y en la ferretería; cables, canicas, rollos de cartón, mallas y globos…todo tipo de materiales que nos permitieran jugar con la idea de lo afortunado y lo desafortunado, para crear un efecto mariposa grupal. Ned fue capaz de caer justo donde tenía que caer, evitando un horquilla muy desagradable, abrió un paracaídas en el momento justo, corrió veloz delante de una manada de tigres…¿seríamos capaces de controlar todos los materiales, sus fuerzas, equilibrios…, para conseguir como Ned, salir airosos?

Bueno…la cosa estaba difícil pero ¡lo conseguimos (por partes)! Fuimos muy ambiciosos y quisimos hacer una efecto mariposa enorme, tras varias pruebas, viendo que nos sería imposible con el poco tiempo que teníamos, dividí a los pequeños científicos en tres grupos. Es verdad que al principio cada grupo pensó en las cosas más complicadas posibles pero poco a poco, jugando con los materiales, probando su resistencia, peso y fuerza, descubriendo de los errores lo que no nos servía o solucionando pequeños baches, conseguimos unir todos los artilugios y que la canica que soltamos al inicio llegará hasta el final.

El aplauso que nos dimos, os podéis imaginar, fue inmenso.



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El huerto en miniatura

Hace muchos años que comenzó mi amistad con Pomelo. Ramona Bâdescu y Benjamin Chaud. Ed. Kókinos. Tantos como ediciones del taller El huerto en miniatura. Y es que, cuando lees alguna de las historias de este pequeño elefante, que vive bajo una flor de diente de león rodeado de las maravillas de un huerto, no te queda otra que compartir esa emoción y ese disfrute con toda persona que se cruce en tu camino. Y así es como nace, de la mano de Emulsa, este taller que llevo a cabo en los centros de Educación Infantil.

Cuando estoy en mi momento Pomelo del año (lo que quiere decir muchos talleres de El huerto en miniatura uno detrás de otro durante un mes) me levanto bien temprano y cojo mi carrito en dirección al colegio que me toque ese día. Lo bueno de que los talleres sean en educación infantil es que cuando la maestra te presenta como “¡¡ella es la sorpresa de la que os hablé ayer!!” los niños y niñas vienen corriendo a abrazarme y no gritando ¿¡qué sorpresa es esta?! Después de observarme a mí, observan mi carrito (lleno de botellas de plástico, tierra, semillas, agua…y por supuesto Pomelo) y con muchas ganas comenzamos.

Nos sentamos en la asamblea de la clase, me presento, les cuento el porqué estoy allí y lo que vamos a hacer juntos. En este momento es cuando el elefantástico Pomelo entra en acción y, a través de sus aventuras, de sus amigos del huerto, de sus preguntas y de sus viajes vamos conociendo(nos) mejor todo lo que nos rodea. Hablamos del reciclaje, de la reutilización, de los sonidos de los grillos y de como una rana se parece a un sapo, de los poderes que tenemos y de los que podemos tener tan solo con masajearnos la imaginación, del invierno y del frío, de lo que compramos en la tienda y de donde viene, de sus sueños y de lo que se van a disfrazar en carnaval…
Y después de que consigo saber lo que me quieren decir, ya sea por signos, dibujos, utilizando a un compañero como traductor o descifrando su idioma, nos ponemos manos a la tierra. Sí, a la tierra, porque entre todos hacemos un semillero en botellas de plástico que convertimos en macetas, y nos manchamos las manos, muchas veces el suelo y alguna que otra, cuando nos entra el hambre, también la probamos. Tocamos y sentimos el frío o el calor del que nos hablaban en las historias de Pomelo y cuidamos de una semilla muy pequeñita de rábano que como por arte de magia a los pocos días germinará.

Y sé que Pomelo es especial cuando después vienen a la librería a buscarme para contarme como van creciendo sus semillas y aprovechan para llevarse a otro Pomelo porque es adictivo como las pipas.

Esto, queridas y queridos, es fundamental hacerlo en las aulas pero también en casa, porque a mí se me rompe un poquito la ilusión cuando los niños me cuentan todas las verduras que nunca han probado, o no quieren tocar la tierra porque es “caca” y no les dejan, o la maestra tiene mentalidad de sargento…

No pasa nada si nos manchamos, por suerte ¡existe el agua y el jabón!

Sam y Leo cavan un hoyo

“Ese libro no, que tiene muy poca letra” “Este tampoco que es para niños pequeños, ¿no ves todos los dibujos que tiene?” “Tienes que escoger un libro de verdad”…Seguramente, si las paredes de las librerías y las bibliotecas hablasen no podrían contar con los dedos de las manos y de los pies de las libreras y bibliotecarias la de veces que han tenido que escuchar estas palabras. Y es que, aunque luchemos porque se cambien esas ideas sabemos que es una tarea difícil. Muchas veces, no sé si porque me contamino de estos discursos, caigo en el error de pensar que un libro como Sam y Leo cavan un hoyo es ideal para niños y niñas de 5 o 6 años pero que a partir de 10 años puede resultarles menos atractivo ¡menos mal que eso solo me dura unos 3 segundos y enseguida vuelvo al buen camino! (Es bueno tener lapsus de vez en cuando para confirmar que lo que hacemos está bien hecho)

Me declaro fan absoluta del binomio que forman Mac Barnett y Jon Klassen en Sam y Leo cavan un hoyo publicado en la editorial Juventud. Hay un equilibrio absoluto entre texto e imagen, y cuando todas las partes funcionan de esta forma, la lectura siempre es de las que perduran en el tiempo. El final es un volver a empezar y rebuscar y comparar…Leedlo si aún no lo habéis hecho ¡os estáis perdiendo una sesión de risas aseguradas!

Me había reído muchas veces con el cuento, lo había releído, disfrutado…no podía más que llevarlo a mi grupo de Leer la Ciencia (un grupo de niños y niñas de entre 7 y 11 años). Elegí la sesión sobre arquitectura para compartirlo con ellos, ¡claro! para construir cualquier edificio necesitamos cavar un hoyo bien grande. Comenzamos pues con la lectura de estos dos amigos que buscan encontrar algo espectacular, aunque no tienen muy claro el qué (espectacular será la palabra más repetida a partir de ahora en el taller). Mi sorpresa fue absoluta cuando, tanto los de 7 como los de 9 y 10 años, estaban muertos de la risa con el hoyo que Sam y Leo hacían y con el pobre perro que ninguno de ellos miraba y sin embargo tanto sabía. Pero mi sorpresa aumentó cuando la lectura de Sam y Leo nos llevó a hablar de fósiles, de la temperatura del centro de la tierra, de las diferentes construcciones y de los años que se tardan en hacer y porqué, de los materiales que necesitamos dependiendo del lugar en el que queramos construir…

Siempre acudimos a los libros informativos cuando queremos profundizar o conocer más sobre un tema, yo siempre los llevo a mis talleres y disfruto de ellos con los niños y también como lectura personal pero, ¿qué pasa con los libros de ficción? No nos olvidemos que a partir de la lectura de álbumes, cuentos, libros ilustrados…también podemos ampliar nuestra curiosidad y nos llevará por caminos mucho más interesantes y desconocidos.

imagen interior del libro Sam y Leo cavan un hoyo

 

 

 

Buscando Panamá o cómo pienso los talleres

Cuando alguien me pregunta cómo planteo mis talleres voy corriendo a la estantería y cojo, ¡Qué bonito es Panamá! de Janosch publicado en kalandraka. Oso y Tigre nos enseñan lo divertido que son los impulsos, lo mágico que es perderse sin saber qué camino debemos seguir, lo placentero que es cambiar el destino o como cambia nuestra percepción de las cosas cuando las vemos desde otro lado o con otros ojos. Y todo esto es fundamental en mi manera de trabajar.

ilustración interior de ¡Qué bonito es Panamá!

Muchas veces, nos centramos tanto en el tema sobre el que versa el taller o los libros que queremos utilizar, que cerramos la puerta a otras opciones que no se relacionan tan directamente con lo que queremos hacer. Y ahí, queridas y queridos, está el error. No podemos ir siempre a lo fácil ¿qué hay de divertido en eso? Está claro que si voy a dar un taller sobre el espacio llenaré mi carrito con libros de planetas, estrellas o seres extraterrestres pero, también puedo incluir algún cuento sobre medios de transportes o sino ¿cómo pensáis llegar al espacio?, y también un par de libros de comidas ¡qué a última hora de la tarde el apetito se empieza a notar!

Tenemos que deshacernos de esos corsés que ponen a las maestras y maestros, a los mediadores y bibliotecarias…a hacer talleres como si de una receta de magdalenas se tratara. No nos podemos olvidar que estamos trabajando con niñas y niños, ¡qué tienen dos ojos en la cara como nosotros! ¡y un cerebro! puede parecer increíble pero ¡es verdad! y si nos tomamos el tiempo para mirarlos, para escuchar lo que nos quieren decir el camino a seguir aparecerá solo. Vale, lo reconozco, es verdad que hay ocasiones en las que podemos encontrarnos en una bifurcación y no ver la salida pero, seguro que son las que menos.

En las próximas entradas compartiré aventuras y desventuras, talleres que entran directamente al top 5 de mi lista y otros que prefiero que no se repitan pero, como en la vida, aquí hasta de lo malo se aprende.

COMERSE EL TARRO

Un día cualquiera de la semana, estoy trabajando en la librería y durante la mañana van llegando cajas con libros pero, ¡oh! un libro gordito con una cubierta que hace que los ojos se te vayan solos aparece al fondo. “Comerse el tarro. Guía para descubrir el cerebro.” de Isabel Minhós Martins, Maria Manuel Pedrosa y Madalena Matoso publicado en Fulgencio Pimentel Ed. Y así es como una caja se convierte en LA CAJA y como un libro se convierte en la que será mi lectura de mesilla para los próximos meses.

Los libros informativos han sufrido un gran cambio, echando un vistazo a los catálogos de los últimos años es fácil darse cuenta que están de moda y conocer cual es “la tendencia de la temporada”. Las ilustraciones predominan sobre la información textual (que no siempre es veraz), los colores fuertes, los grandes formatos… Sabemos que todo gira entorno a las tendencias pero, señoras y señores editores la repetición nos cansa. A los lectores nos gusta que nos sorprendan, es verdad que de vez en cuando se necesita volver a lo conocido, a la zona de control, pero el disfrute es distinto y la emoción del descubrimiento no nos la podéis quitar.

Comerse el tarro, me ha sorprendido y enganchado a partes iguales. Lo reconozco, me declaro friki buscadora de información pero, es imposible no engancharse a este libro y creo que todo se debe a dos razones; la forma en la que está presentada la información y el estilo literario. Es una lectura amena pero de lenta asimilación. A lo largo del libro el narrador nos plantea preguntas o situaciones que nos acercan un poco más a nuestro propio funcionamiento. Los sentidos, la memoria, el sueño, la emociones…¿por qué podemos hacer todo lo qué hacemos? ¿cómo conseguimos caminar, respirar, pensar…vivir?

Ha sido tanta la información sorprendente que he descubierto que no podía dejar la lectura solo para mí. Toda persona que encontré en mi camino durante el periodo que Comerse el tarro fue mi lectura de cabecera, ha sufrido mi asalto verbal y entre ellos, el grupo de niños del taller Leer la Ciencia que imparto en las Bibliotecas Municipales de Gijón. Niños y niñas de 7 a 11 años, con diferentes gustos y niveles de curiosidad. Como os decía al inicio es un señor libro, con sus 368 páginas a veces puede resultar un obstáculo tanto para mediadores como lectores pero, ¿quién ha oido hablar de la lectura compartida en voz alta? Efectivamente.

En la sesión a la que llevé el libro comenzamos jugando ¿cuántas neuronas tenemos? ¿cuánto miden si se van de fiesta todas juntas? ¿sabíais que hasta los 25 años nuestro cerebro no es adulto?… ¡su atención era toda mía! Sabiendo que no podíamos leer el libro en su totalidad juntos y que, desgraciadamente las bibliotecas de Gijón durante el 2018 no han tenido presupuesto para novedades, nos fuimos al índice y votamos que temas nos interesaban más y así fue como el resto de libros que llevaba para ese taller los tuvimos que dejar reservados para la siguiente sesión.

Comerse el tarro es tan versátil como nuestro cerebro, podemos leerlo individualmente o disfrutar juntos haciendo lectura compartida, podemos leer un capítulo, dejarlo y volver una semana después o podemos darnos un atracón.

Si eres un ser curioso entonces, ¡ten cuidado! este libro es adictivo. Y si no lo eres, ¡bienvenido al club! ¡te convertirás!

Página interior del libro Comerse el tarro